jueves, 18 de abril de 2013

Se Llenó de Piedritas...


Tanto fue el cántaro al agua, que se rompió. Así debería decir el refrán porque a fuerza de insistir e insistir han provocado una reacción, como dijo Sir Isaac Newton, con la misma intensidad y en sentido contrario...


En días pasados recibí la enésima invitación para reunirme con proveedores de aditivos degradantes a fin de platicar sobre la conveniencia de que los plásticos se aditiven y “se degraden” para así evitar que nos regulen, nos traten de sustituir o nos fijen impuestos.

Contesté de manera comedida a quien amablemente me hizo la invitación y lo hice con la misma cantaleta que ustedes ya conocen: Mientras no demuestren lo que ofrecen, no puedo entrar en discusiones sobre esa “conveniencia” y menos opinar acerca de que sea buena.

Antes de recibir su respuesta, quizá porque les escribí en inglés y yo lo aprendí en Detroit donde ninguno de mis compañeros de laboratorio era angloparlante, recibí un segundo puyazo como si fuese burel de Pastejé o Reyes Huerta. Resulta que hay proveedores de aditivos, de los orgánicos, tratando de convencer a los usuarios de bolsas de que aditivándolas con sus productos se van a ver “más verdes” porque las bolsas serán biodegradables y además no afectan el reciclaje porque donde no hay bichos no hay degradación.

Desde aquellos tiempos en que estos señores llevaban a los legisladores talegas de fotocopias con estudios en inglés -me consta en varios casos- para convencerlos de que regularan las bolsas a favor de sus aditivos, hasta ahora han ido refinándose. La antepenúltima fue la del representante de un productor de oxo-degradantes que quiso influir en una norma ambiental en el DF que le diera el carácter de compostable a las bolsas con su aditivo. ¡Lástima Margarito! Porque a la primera, tanto INBOPLAST como ANIPAC y ANIQ, al igual que la misma UAM, lo pusieron como chancla y todo quedo en dos viajes al Centro Histórico para acabar comiendo –y riendo por su ridículo- en uno de tantos restaurantes que hay por allá.

Mi amigo Santiago me dijo alguna vez que los legisladores aprendían de nosotros y con eso perfeccionaban sus iniciativas, haciéndonos la chamba más difícil. Igual sucede con los proveedores de aditivos degradantes. Se les bloquea una rendija y buscan otra. Digamos que son “persistentes” por no llamarlos de otra manera. Lo malo es que emplean el engaño para embaucar a los que no saben –ni tendrían por qué saber- las verdades de la degradación.

Con la propuesta de hace días y los documentos de hoy, confirmo que su intención es meterse por donde sea y de la manera que sea. No importa si utilizan argumentos falaces como “mejor aditivarlos que prohibirlos o ponerles impuestos” así como información incompleta, sesgada, engañosa y sin rigor técnico para “demostrar” que si se degradan al 50% en 280 días, seguro se degradarán al 100% en el doble de tiempo. He visto extrapolaciones como esta que van del 10 al 100% y, pior aún, avaladas por “investigadores” de instituciones como el IPN que se atreven a hacer esas reglas de tres antes de leer bien los métodos de prueba que utilizan.

Nadie puede afirmar que un plástico se biodegrada en condiciones reales de disposición si las pruebas con las que pretende sustentar ese dicho se hicieron bajo el método ASTM D5511 que es aplicable a digestores anaeróbicos de altos sólidos, que en cristiano son instalaciones industriales para procesar lodos y nunca representan las condiciones de un relleno sanitario.

Nadie puede sustentar que un plástico se biodegrada haciendo extrapolaciones, incluso con el método equivocado, cuando sus gráficas no confirman una tendencia creciente en la emisión de bióxido de carbono durante una prueba de laboratorio. Como dice la canción, a lo mejor la curva “se agacha y se va de lado, querido amigo” pero si no la llevas hasta el 90% no puedes afirmar que llegará al 90% de biodegradación. Aún así, se trata de pruebas de laboratorio.

Esto que les relato lo vi hoy en los informes del IPN que me llegaron de un cliente para dar una opinión. Exactamente iguales que los informes del IPN que en septiembre me envió un proveedor de aditivos orgánicos para que “me convenciera” de que sí son biodegradables.

No dista mucho, tampoco, de lo que vimos en las conferencias en Plastimagen 2012 bajo el título ¿Son lo Plásticos Biodegradables? Obvio, el conferencista sostenía que sí lo son. Los Azuelianos como yo, Los de Abajo, no lo compartimos ni antes, ni durante, ni después. Los informes de pruebas realizadas por el IPN pulularon, las extrapolaciones también en todos y cada uno de los casos. Piorcísimo, el método empleado (el ASTM D5511) era inapropiado, como si en el mercado nos pesaran un kilo de fruta en una báscula de camión.

¿A qué voy?

A que ya me cansé de recibir invitaciones para “convencerme” de lo indemostrable. A que me cuesta mucho trabajo que amigos míos, al menos de mi parte y no sé si de la suya hasta que lean esta Carta al Industrial, anden engañando a transformadores y usuarios del plástico con promesas verdes que acaban siendo promesas incumplidas. Espero que sea por una de dos razones y no por una tercera. Una, que sean fervientes creyentes de la degradación y no haya argumento que los convenza de lo contrario. La segunda, que sean tan inocentes que se hayan creído las mentiras de los productores a los que representan. Y la tercera, la que no creo exista, sean competidores desleales que utilizan la desinformación con tal de hacer negocio.

Como una vez me dijo Aldimir Torres a quien reconozco su valía como persona y como técnico en el plástico: Nadie tiene la verdad absoluta y no debemos rechazar a una nueva tecnología.

De acuerdo, yo no tengo la verdad absoluta ni me opongo a ninguna nueva tecnología. A lo que sí me rebelo y me opongo es a la mentira, a las medias verdades, al engaño aprovechando la ignorancia de otros y a que -con tal de hacer negocio- le dé en la “moder” a sus propios clientes. De eso se trata esta Carta al Industrial, de rebelarme ante esas malas prácticas y llamar la atención de los demás a esta situación. Tanto fue el cántaro al agua, que se rompió.

Si los lectores de estas Carta al Industrial deciden escuchar el canto de las sirenas y no exigir la comprobación de sus melodiosas ofertas, allá ellos. Con su degradante se lo coman. Lo que no deben aceptar es que traten de engañarlos y, mucho menos, que vayan con sus clientes y los engañen para que entonces a ustedes les exijan ponerle el polvito equis o ye.

Llevo cuatro años esperando las “evidencias” y la única que tengo es que siguen con las mismas prácticas desleales de aquel entonces. Luego no digan que son los sesenta y más, las cabañuelas, el dólar agachón que va pa’bajo o Carlos Vela que se resiste a jugar con el Tri son la causa de mis reclamos.

Atentamente,
 
Eduardo de la Tijera Coeto

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