Tanto
fue el cántaro al agua, que se rompió. Así debería decir el refrán porque a
fuerza de insistir e insistir han provocado una reacción, como dijo Sir Isaac
Newton, con la misma intensidad y en sentido contrario...
En días
pasados recibí la enésima invitación para reunirme con proveedores de aditivos
degradantes a fin de platicar sobre la conveniencia de que los plásticos se
aditiven y “se degraden” para así evitar que nos regulen, nos traten de
sustituir o nos fijen impuestos.
Contesté
de manera comedida a quien amablemente me hizo la invitación y lo hice con la
misma cantaleta que ustedes ya conocen: Mientras no demuestren lo que ofrecen,
no puedo entrar en discusiones sobre esa “conveniencia” y menos opinar acerca
de que sea buena.
Antes de
recibir su respuesta, quizá porque les escribí en inglés y yo lo aprendí en
Detroit donde ninguno de mis compañeros de laboratorio era angloparlante,
recibí un segundo puyazo como si fuese burel de Pastejé o Reyes Huerta. Resulta
que hay proveedores de aditivos, de los orgánicos, tratando de convencer a los
usuarios de bolsas de que aditivándolas con sus productos se van a ver “más
verdes” porque las bolsas serán biodegradables y además no afectan el reciclaje
porque donde no hay bichos no hay degradación.
Desde
aquellos tiempos en que estos señores llevaban a los legisladores talegas de
fotocopias con estudios en inglés -me consta en varios casos- para convencerlos
de que regularan las bolsas a favor de sus aditivos, hasta ahora han ido refinándose.
La antepenúltima fue la del representante de un productor de oxo-degradantes
que quiso influir en una norma ambiental en el DF que le diera el carácter de
compostable a las bolsas con su aditivo. ¡Lástima Margarito! Porque a la
primera, tanto INBOPLAST como ANIPAC y ANIQ, al igual que la misma UAM, lo
pusieron como chancla y todo quedo en dos viajes al Centro Histórico para
acabar comiendo –y riendo por su ridículo- en uno de tantos restaurantes que
hay por allá.
Mi amigo
Santiago me dijo alguna vez que los legisladores aprendían de nosotros y con
eso perfeccionaban sus iniciativas, haciéndonos la chamba más difícil. Igual
sucede con los proveedores de aditivos degradantes. Se les bloquea una rendija
y buscan otra. Digamos que son “persistentes” por no llamarlos de otra manera.
Lo malo es que emplean el engaño para embaucar a los que no saben –ni tendrían
por qué saber- las verdades de la degradación.
Con la
propuesta de hace días y los documentos de hoy, confirmo que su intención es
meterse por donde sea y de la manera que sea. No importa si utilizan argumentos
falaces como “mejor aditivarlos que prohibirlos o ponerles impuestos” así como
información incompleta, sesgada, engañosa y sin rigor técnico para “demostrar”
que si se degradan al 50% en 280 días, seguro se degradarán al 100% en el doble
de tiempo. He visto extrapolaciones como esta que van del 10 al 100% y, pior
aún, avaladas por “investigadores” de instituciones como el IPN que se atreven
a hacer esas reglas de tres antes de leer bien los métodos de prueba que
utilizan.
Nadie
puede afirmar que un plástico se biodegrada en condiciones reales de
disposición si las pruebas con las que pretende sustentar ese dicho se hicieron
bajo el método ASTM D5511 que es aplicable a digestores anaeróbicos de altos
sólidos, que en cristiano son instalaciones industriales para procesar lodos y
nunca representan las condiciones de un relleno sanitario.
Nadie
puede sustentar que un plástico se biodegrada haciendo extrapolaciones, incluso
con el método equivocado, cuando sus gráficas no confirman una tendencia
creciente en la emisión de bióxido de carbono durante una prueba de
laboratorio. Como dice la canción, a lo mejor la curva “se agacha y se va de
lado, querido amigo” pero si no la llevas hasta el 90% no puedes afirmar que
llegará al 90% de biodegradación. Aún así, se trata de pruebas de laboratorio.
Esto que
les relato lo vi hoy en los informes del IPN que me llegaron de un cliente para
dar una opinión. Exactamente iguales que los informes del IPN que en septiembre
me envió un proveedor de aditivos orgánicos para que “me convenciera” de que sí
son biodegradables.
No dista mucho, tampoco, de lo que vimos en las conferencias en Plastimagen 2012 bajo el título ¿Son lo Plásticos Biodegradables? Obvio, el conferencista sostenía que sí lo son. Los Azuelianos como yo, Los de Abajo, no lo compartimos ni antes, ni durante, ni después. Los informes de pruebas realizadas por el IPN pulularon, las extrapolaciones también en todos y cada uno de los casos. Piorcísimo, el método empleado (el ASTM D5511) era inapropiado, como si en el mercado nos pesaran un kilo de fruta en una báscula de camión.
¿A qué
voy?
A que ya
me cansé de recibir invitaciones para “convencerme” de lo indemostrable. A que
me cuesta mucho trabajo que amigos míos, al menos de mi parte y no sé si de la
suya hasta que lean esta Carta al Industrial, anden engañando a transformadores y usuarios del plástico con promesas
verdes que acaban siendo promesas incumplidas. Espero que sea por una de dos
razones y no por una tercera. Una, que sean fervientes creyentes de la
degradación y no haya argumento que los convenza de lo contrario. La segunda,
que sean tan inocentes que se hayan creído las mentiras de los productores a
los que representan. Y la tercera, la que no creo exista, sean competidores
desleales que utilizan la desinformación con tal de hacer negocio.
Como una
vez me dijo Aldimir Torres a quien reconozco su valía como persona y como
técnico en el plástico: Nadie tiene la verdad absoluta y no debemos rechazar a
una nueva tecnología.
De
acuerdo, yo no tengo la verdad absoluta ni me opongo a ninguna nueva
tecnología. A lo que sí me rebelo y me opongo es a la mentira, a las medias
verdades, al engaño aprovechando la ignorancia de otros y a que -con tal de
hacer negocio- le dé en la “moder” a sus propios clientes. De eso se trata esta
Carta al
Industrial, de rebelarme ante esas malas prácticas y llamar la
atención de los demás a esta situación. Tanto fue el cántaro al agua, que se
rompió.
Si los
lectores de estas Carta al Industrial deciden escuchar
el canto de las sirenas y no exigir la comprobación de sus melodiosas ofertas,
allá ellos. Con su degradante se lo coman. Lo que no deben aceptar es que
traten de engañarlos y, mucho menos, que vayan con sus clientes y los engañen
para que entonces a ustedes les exijan ponerle el polvito equis o ye.
Llevo
cuatro años esperando las “evidencias” y la única que tengo es que siguen con
las mismas prácticas desleales de aquel entonces. Luego no digan que son los sesenta
y más, las cabañuelas, el dólar agachón que va pa’bajo o Carlos Vela que se
resiste a jugar con el Tri son la causa de mis reclamos.
Atentamente,
Eduardo de la Tijera Coeto

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